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El buen samaritano

February 21, 2017

Últimamente he estado pensando mucho en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37). Algunas partes de la parábola resultan tan familiares —la víctima desafortunada, los ladrones, el sacerdote, el levita, el samaritano— que me olvido de partes que tienen un significado más profundo. Todos sabemos que la compasión y generosidad del samaritano se ha convertido en la vara con la que medimos nuestra respuesta ante el sufrimiento. Hay hospitales bautizados con el nombre del Buen Samaritano. Los 50 estados tienen vigente una ley del Buen Samaritano. Siempre imaginé (o esperé) que me comportaría como una buena samaritana si me hallara en una situación similar.

Hay otros dos personajes ligados a esta historia en los que no siempre pienso: el experto en la ley y Jesús. La suya no fue una conversación casual. El experto en la ley quería poner a prueba a Jesús. “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Jesús le contesta con una pregunta: “¿Qué está escrito en la ley?

Siendo un gran experto en la ley, el hombre basó su respuesta en Deuteronomio y Levítico: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”. Caso cerrado. Fin de la conversación.

Sin embargo, el experto en la ley no podía dejar las cosas así: “…queriendo justificarse, le preguntó a Jesús: ‘¿Y quién es mi prójimo?'”.

Sabemos que el hombre quería poner a prueba a Jesús y justificarse, por lo que su pregunta no era una consulta sincera sobre la Torá. ¿Acaso algunas personas son mi prójimo y otras no? ¿Hasta dónde se debe extender la hospitalidad? ¿Se puede poner límites a la compasión? ¿Qué sería lo razonable? ¿La familia, las personas de mi cuadra, mi congregación, mis conciudadanos? Y, por el otro lado, ¿a quién puedo excluir? ¿A las personas que viven al otro extremo de la ciudad o al otro extremo del mundo? ¿Quién es mi prójimo?

Es en la respuesta a esta pregunta que Jesús cuenta la parábola, que fue pensada para ser lo más provocadora posible.

Llamamos “bueno” al samaritano, pero esa palabra no se halla en las Escrituras. Ningún judío llamaría “bueno” a un samaritano, así como ningún samaritano llamaría “bueno” a un judío. Los samaritanos y los judíos se consideraban entre sí ceremonialmente impuros, socialmente marginados y herejes. No habrían figurado automáticamente en la categoría de prójimo.

No está claro que el judío golpeado se sintiera del todo emocionado por haber sido ayudado y tocado por un samaritano. (Piensen en la serie de televisión All in the Family en el episodio en el que Archie Bunker se da cuenta que acaba de recibir una transfusión de sangre de un hombre afroamericano).

Ahora le toca el turno a Jesús de hacer una pregunta: “¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?”.

Esta se convierte en la pregunta primordial para nosotros y para estos tiempos. Cuando preguntamos “¿quién es mi prójimo?”, clasificamos a las personas en categorías. ¿Acaso es el refugiado mi prójimo? ¿Es el musulmán mi prójimo? ¿Es el judío mi prójimo? ¿Es la latina mi prójimo? Y así sucesivamente. Esto hace que los vecindarios sean cada vez más pequeños. Y esta interrogante puede estar impulsada por el miedo y la sospecha. Abandonados a nuestros propios medios, nos retraemos y nos apartamos.

Gracias a Dios que Él no nos ha abandonado a nuestra suerte. Nuestra nueva vida en Cristo nos lleva a plantear una pregunta diferente y a darle respuesta. No “¿quién es mi prójimo?”, sino “¿cómo somos un prójimo para los demás?”

El mundo es un lugar peligroso, solo hay que ver cualquier medio noticioso o las redes sociales. Hay personas que quieren hacerle daño a nuestro país. El miedo y la amenaza del peligro nos dividen y nos limitan. Pero vivimos en la esperanza de la resurrección y en la certeza de la redención del mundo por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Ya no preguntamos “¿quién es mi prójimo?” La pregunta ahora es “¿cómo somos un prójimo para los demás?”

El experto en la ley respondió la pregunta de Jesús sobre quién fue el prójimo del hombre golpeado por los ladrones diciendo: “El que se compadeció de él”. Jesús entonces le dijo, y nos dice a nosotros: “Anda entonces y haz tú lo mismo”.

 

Mensaje  mensual de la  obispa presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su correo electrónico es: bishop@elca.org.

 

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