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Juntos a la mesa

August 30, 2017

Las viejas recetas son algo muy preciado. Ellas contienen las instrucciones de cómo preparar un platillo, aunque en realidad representan mucho más. Esas viejas recetas están cargadas de recuerdos, y conectan a las familias cuando van pasando de una generación a otra. Nos traen al presente ciertos eventos y personas de hace mucho tiempo.

Estoy viendo una receta que me causa ese efecto. Es la receta que usaba mi madre para el relleno del pavo. Está escrita con su buena letra— destreza que nunca adquirí. Es una receta básica; sólo pan, mantequilla, cebollas, apio y condimento de carne de aves. Ya ni tengo que leer esta receta cuando preparo el relleno, pero me gusta verla porque me lleva de inmediato al pasado a mis días de Acción de Gracias. 

En nuestra familia, el día de Acción de Gracias era todo un evento. Los Eaton se han estado reuniendo para este día por casi setenta años. Nos alternábamos entre nuestra casa y el hogar de mis tíos, y cuando era nuestro turno nos levantábamos temprano y empezábamos a cocinar.

Sacábamos las recetas y el equipo de cocina. En esos tiempos no existían los procesadores de alimentos, pero teníamos uno de esos molinillos de hierro que se sujetaban al borde de la mesa de la cocina. Lo manteníamos en su propia caja especial, y sólo aparecía una vez al año; su salida indicaba la llegada del día de Acción de Gracias. No teníamos problemas para moler el apio, pero la cebolla era otra historia. Mis hermanos y yo nos turnábamos para girar la manija, y así nos relevábamos cuando el fuerte olor de la cebolla nos vencía.

Mis padres y mi tía establecieron esta tradición poco después de la Segunda Guerra Mundial. Siempre han estado presentes tres, y a veces cuatro generaciones. Muchas cosas han sucedido en nuestra familia y en el mundo durante estas décadas pasadas. Matrimonios, hijos, mudanzas, fallecimientos, guerra, recesión, elecciones, los años 60. Somos un grupo alegre, y a ninguno de nosotros le hace falta su opinión ni de la habilidad de expresarla. Las conversaciones eran animadas, y a veces acaloradas. Mi padre y mi tío sirvieron en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial.  Mi hermano y mis primos mayores no apoyaban la Guerra de Vietnam.  Pertenecemos a distintos partidos políticos. Somos luteranos, y católicos, y miembros de la Iglesia de la Unificación, y desconectados de la iglesia; somos liberales y conservadores.

Sin embargo, a pesar de todo eso, cuando mi madre o mi tía anunciaban: “La cena está lista”, todos íbamos juntos a la mesa. Éramos una familia, compartíamos nuestra vida, nos amábamos unos a otros.

Sin embargo, a pesar de todo eso, cuando mi madre o mi tía anunciaban: “La cena está lista”, todos íbamos juntos a la mesa. Éramos una familia, compartíamos nuestra vida, nos amábamos unos a otros.

Muchas cosas están sucediendo en nuestra iglesia y en el mundo ahora mismo. Estamos cambiando a una iglesia, lo cual, de por sí, causa tensión. Vivimos en un mundo conectado, en el que las noticias son instantáneas y continuas. No estamos de acuerdo en todo. Pertenecemos a diferentes partidos políticos. Pertenecemos a diversas etnicidades. Somos liberales y conservadores y todo lo que va en medio de éstos. Estamos en un mundo donde hay que elegir una cosa o la otra, y estamos enfrentando fuerzas culturales que empeoran la división. Pero por el tierno amor de Dios, por esta incesante búsqueda del Espíritu, somos miembros del cuerpo de Cristo. Somos familia; compartimos nuestra vida; nos amamos unos a otros.

Aquí hay otra receta sencilla: harina, agua, vino, el cuerpo y la sangre de Jesús. Un alimento de sanidad, perdón y de acción de gracias. Pase lo que pase, cuando nuestro Señor, tierna e insistentemente nos invita: “La cena esta lista”, todos vamos a la mesa. Allí, con nuestro común quebrantamiento, nos encontramos unos con otros en Cristo.

 

Un mensaje mensual de la obispo presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su dirección de correo electrónico: bishop@elca.org.

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