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Estamos quebrantados

February 6, 2020

En 1526 los reformistas emprendieron un programa de visita a las parroquias del Electorado de Sajonia. Este se conoce como la Visita Sajona. Como lo declararía posteriormente la Confesión de Augsburgo, el objetivo del programa de visita era determinar si “el evangelio era enseñado puramente y los sacramentos eran administrados conforme al Evangelio”.

El propio Martín Lutero visitó las parroquias de Wittenberg y sus alrededores, y no quedó muy contento. Descubrió que muchos clérigos no recibían una compensación adecuada, y que el Evangelio no era enseñado ni entendido claramente.

Lutero, en su inimitable estilo sutil, escribió: ¡Dios mío! ¡Cuántas miserias no he visto! El hombre común no sabe absolutamente nada de la docrtina crsitiana, especialmente en las aldeas, y desgraciadamente muchos pastores carecen de habilidad y son incapaces de enseñar. No obstante, todos quieren llamarse cristianos, están bautizados y gozan de los santos sacramentos, pero no saben el padrenuestro, ni el Credo o los Diez Mandamientos, viven como las bestias y los puercos irracionales. Ahora que el evangelio ha llegado, lo único que han aprendido bien es abusar magistralmente de todas las libertades”. ¡Cielos!

La experiencia de Lutero condujo a la publicación de su Catecismo Menor, un “Manual para pastores y predicadores ordinarios”. En un lenguaje claro y conciso, Lutero explicó los fundamentos de la fe cristiana con el fin de que todas las personas, no sólo los profesionales educados, pudieran entender el gran regalo del Evangelio y vivirlo en su vida cotidiana.

El teólogo Timothy Wengert señala que Lutero reorganizó el orden carácterístico de los catecismos medievales para dejar claro el entendimiento evangélico de que las buenas nuevas significan ley y evangelio, juicio y promesa. Lutero “insistió en pasar de la ley (los Diez Mandamientos) al Evangelio (el Credo y el Padrenuestro)”.

Esta singular comprensión luterana del Evangelio es una contribución importante al movimiento cristiano. Denuncia la realidad de la condición humana, que estamos quebrantados y hemos estropeado la creación, que somos cautivos del pecado y no podemos liberarnos a nosotros mismos, que necesitamos un Dios justo y amoroso que no se hace ilusiones con respecto a la naturaleza humana y, al mismo tiempo, tiene un amor infinito que nos reclama y nos hace libres.

Este es el verdadero evangelicalismo que rechaza lo que yo llamo el “evangelio de Billy Joel”, el cual declara: “Me gustas tal como eres”. El amor de Dios es incondicional, pero a Dios no le gustamos tal como somos —y por eso tenemos a Jesús.

Me preocupa que nuestra rama del movimiento luterano pueda llegar a ser diluida hasta el punto del deismo terapéutico moralista cristiano, un concepto desarrollado por Christian Smith y Melinda Lundquist Denton en su estudio de 2005 sobre las creencias comunes de la juventud estadounidense. Parafraseo a grosso modo los resultados del estudio de ellos: Dios existe, Dios quiere que las personas sean buenas, amables y justas unas con otras, la meta central de la vida es ser felices y sentirse bien consigo mismo, Dios no necesita estar en la vida de uno particularmente, excepto cuando uno lo necesita para resolver un problema, y la gente buena va al cielo después de su muerte.

En esta filosofía, no hay asombro en la presencia de lo Trascendental, ni salirse de uno mismo, ni terror a la realidad y los efectos del pecado —y no en el sentido estrecho de los fracasos morales individuales— ni admiración al amor íntimo de Dios demostrado en la encarnación y la crucifixión, ni profunda gratitud por la liberación de la resurrección.

En 2017, llamé a esta iglesia a estudiar el Catecismo Menor de Lutero. Creo que lo hicimos por un tiempo. Pido que todos lo estudiemos de nuevo, lo usemos en el estudio bíblico y la predicación, que nos refiramos a él cuando recorramos las demandas de la vida diaria, lo incorporamos en nuestra obra de justicia e incidencia, lo usemos en el autoexamen honesto, y confiemos en su testimonio del Evangelio cuando recibamos el consuelo del Señor. Lutero dijo que necesitaba estudiarlo todos los días — ¡y él fue quien lo escribió! Hagamos nosotros lo mismo.

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