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Liberados

October 1, 2020

Un colega mío señaló una vez que Martín Lutero escribió mucho más sobre libertad que sobre reforma o reformación. La liberación en Cristo por medio de la fe fue la libertad que transformó a Lutero. Fue de esta libertad que él escribió con mayor frecuencia y con más pasión. En La libertad del cristiano, Lutero plantea que la liberación en Cristo es a la vez una libertad de y una libertad para.

La libertad de es la liberación de toda esclavitud espiritual. Se nos libera de estar atrapados en nosotros mismos, consumidos por nosotros mismos, de la creencia y el terror de que podemos y debemos salvarnos a nosotros mismos. Que nuestro yo es el centro del universo. La vida en Cristo no es una experiencia que se queda en nuestro interior. Somos libres para salir de nosotros mismos.

La libertad de es la liberación de la acusación y la sentencia de la ley. Somos liberados del terror y la desesperación, que nos aplastan el alma. Somos liberados de la incesante e imposible tarea de dar la talla.

La libertad de nos libera de nuestro distanciamiento de Dios y de su creación. El estar atrapados en el pecado y frente un Dios que exige justicia cuando creemos que somos responsables o capaces de afectar nuestra propia salvación, genera resentimiento hacia Dios y la objetivación de los demás.

En su Catecismo Menor, Lutero lo dice de manera sencilla: Jesucristo “es mi Señor… que me ha redimido a mí … y me ha rescatado y conquistado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo”.

La libertad para significa que en Cristo somos liberados para amar y servir a los demás. La libertad es una relación, no un nuevo conjunto de actividades o la exigencia de una nueva ley. Muchos activistas y pietistas se trasladan inmediatamente a un conjunto de actividades para definir la libertad, pero Lutero permaneció en las relaciones. En Cristo, los fieles son nuevas criaturas que se abren a relaciones recién reconciliadas y liberadas con Dios, con otras criaturas e incluso consigo mismos.

Lutero lo expresó así: “Pero la fe es una obra divina en nosotros que nos transforma y nos hace nacer de nuevo de Dios; mata al viejo Adán y nos hace ser un hombre distinto de corazón, de ánimo, de sentido y de todas las fuerzas, trayendo el Espíritu Santo consigo. La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar… que es lo que realiza el Espíritu Santo en la fe. Por eso se está dispuesto y contento sin ninguna imposición para hacer el bien y servir a cualquiera, para sufrir todo por amor y alabanza a Dios que le ha mostrado tal gracia” (Obras de Lutero, 35:370-1).

Creo que Lutero volteó cabeza abajo el argumento de que el problema es la libertad, y que nuestro libre albedrío es lo que causó que fuésemos expulsados del huerto a este mundo de dolor. Según ese argumento, se nos ha dado libre albedrío, hacemos mal uso o abusamos de ese don, y por tener esta libertad tomamos malas decisiones. Nuestra única esperanza es que cedamos o renunciemos a esta libertad y nos sometamos al gobierno de Dios. Sólo cuando seamos cautivos a la voluntad de Dios, encontraremos la redención.

Este argumento supone que somos libres y que podemos adquirir la voluntad de cooperar con la obra salvífica de Dios. Una vez más se vuelve a centrar en nosotros y en lo que debemos hacer para ser salvos. Lutero modifica esto diciendo que comenzamos siendo cautivos del pecado, y que por medio de la muerte y resurrección de Jesús somos liberados.

El problema no es que tenemos demasiada libertad; es que no somos libres. Cuando confesamos que “somos cautivos del pecado y que no podemos liberarnos a nosotros mismos (Adoración Evangélica Luterana, página 95), ¡debe causarnos una sensación de alivio!

El estudioso de la Reforma Timothy Wengert planteó la pregunta: “¿Qué voy a hacer ahora que no tengo que hacer nada?” Servir a Dios y al prójimo en hermosa libertad.

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