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Nunca estamos solos

December 3, 2020

La habitación era sencilla y tenía poca iluminación. Nos sentamos en círculo en sillas plegables —unas jóvenes hondureñas y algunos de nosotros de la ELCA. Habíamos ido a Honduras para observar el trabajo de AMMPARO (Acompañamiento de Menores Migrantes con Protección, Incidencia, Representación y Oportunidades). Esta es la estrategia de la ELCA para ayudar a los jóvenes que se han visto obligados a huir de sus países de origen por causa de la violencia, el abuso, la extorsión por parte de las pandillas y la pobreza extrema. Amparo es la palabra española para decir albergue o refugio.

En este caso, AMMPARO se asoció con la Federación Luterana Mundial y los Menonitas para reasentar a los migrantes retornados; aquellos que habían intentado solicitar asilo en los Estados Unidos pero habían fracasado o se les había negado el asilo y habían sido deportados de vuelta a Honduras.

Una por una, las jóvenes nos fueron contando sus historias de miedo y desesperación. Ninguna de ellas había emprendido la larga y peligrosa caminata hacia el norte por simple capricho. Nos hablaron sobre el abuso que habían sufrido, de los familiares que habían sido asesinados por pandillas, de no poder ganarse la vida debido a la extorsión del crimen organizado. Hablaron de la amarga tristeza de tener que dejar su hogar y su familia, y de la incertidumbre del futuro.

Recuerdo a una joven en particular. Ella estaba embarazada cuando intentó emigrar a los Estados Unidos, y tuvo al bebé en algún lugar de su trayecto. Estaba lejos de casa, principalmente sola, y quería desesperadamente que su madre estuviera con ella. Nada de esto era lo que ella había esperado durante su niñez mientras crecía. Circunstancias fuera de su control la habían obligado a entrar en esta nueva y extraña existencia. Ella y su bebé estaban ahora de vuelta en Honduras, pero no en su casa, porque el hogar era demasiado peligroso.

¿Recuerda la Navidad pasada? ¿Recuerda todos los preparativos, el viaje para estar con la familia? ¿Recuerda la santa belleza de la liturgia de Nochebuena y el recibimiento de la gracia y el perdón de Cristo en su mesa? ¿Las compras y el villancico navideño? ¿Las reuniones en persona? Todo eso ha cambiado.

La pandemia no nos ha obligado a abandonar nuestros hogares, sino a permanecer en nuestros hogares, refugiándonos en nuestro lugar, aislados. No juntos, sino distanciados físicamente. No reunidos con familiares y amigos, sino forzados a apartarnos debido al peligro de infección. Forzados, por circunstancias fuera de nuestro control, a entrar en esta extraña existencia. Oh, habrá villancicos ambientales en las tiendas de comestibles y otros servicios esenciales, pero serán dolorosos recordatorios de cómo era la vida antes.

Se nos recuerda la experiencia de los exiliados en Babilonia: “Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión. En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas. Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: ‘¡Cántennos un canto de Sión!’ ¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?” (Salmo 137).

Le conté a la joven hondureña sobre otra joven que se vio obligada a abandonar su hogar por un decreto del gobierno. Ella también estaba embarazada e hizo un viaje largo y difícil. Cuando llegó el bebé, ella también estuvo lejos de casa y sin su madre. Tuvo que encontrar refugio donde pudo. Esto no era lo que esperaba cuando era niña e iba creciendo. Circunstancias fuera de su control la obligaron a entrar en esta nueva existencia.

Esa joven era María, y el niño era Jesús. Precisamente en nuestra angustia, en nuestra dislocación, el Señor aparece. Emmanuel —Dios con nosotros— hace su hogar en los mismos lugares que para nosotros son extraños o aislados. La joven hondureña, y todos nosotros, podemos encontrar esperanza por el nacimiento del hijo de María. No hay lugar olvidado por Dios y nunca estamos solos, ni en las habitaciones del hospital, ni en el refugio en nuestro lugar, ni en las llamadas de Zoom ni en carreteras peligrosas.

Muchos de nosotros no estaremos físicamente en casa para Navidad, pero en Cristo estamos verdaderamente en casa.

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