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Conectados, generosos, libres para servir

January 7, 2021

Querida iglesia,

Hemos estado viviendo con esta pandemia por casi un año. Muchas cosas han cambiado. Las burbujas, el equipo de protección personal, el distanciamiento social y los pasillos de los mercados de comestibles en una sola dirección son parte de nuestro vocabulario y experiencia cotidiana. ¿Quién iba a saber, hace un año, que las marcarillas serían anunciadas como pequeños obsequios ideales para colocar en las medias navideñas? Nuestros hogares se han convertido en oficinas, escuelas y gimnasios. Nuestros viajes diarios han sido reducidos de horas en el tráfico a caminar hacia la mesa del comedor. No espero con ansias el resumen semanal de mi iPhone que me dice cuántas horas al día paso mirando una pantalla.

Pero la pandemia también ha revelado la notable resiliencia y creatividad de esta iglesia. A las pocas semanas de haber sido impuestas las restricciones de quedarse en casa, miles de nuestras congregaciones se convirtieron en centros de adoración en línea, estudios bíblicos y horas de café por internet. A medida que la economía se tambaleaba y la gente perdía puestos de trabajo, ustedes intensificaron el trabajo en sus despensas de alimentos. Cuando los niños necesitaron acceso a internet para ir a la escuela virtual, ustedes se convirtieron en puntos de acceso en su vecindario.

Nos hemos conectado más. Y el Evangelio fue escuchado por personas que en los “tiempos anteriores a la pandemia” nunca habrían venido a la Iglesia. Hay una historia que cuenta que el diablo se jactaba ante un pastor, diciendo que la pandemia era la herramienta diabólica para cerrar todas las iglesias, a lo que el pastor respondió: —Hemos abierto una iglesia en cada hogar.

Ustedes han sido generosos. En marzo y abril comenzamos a escuchar sobre la preocupación de nuestros obispos por los ministerios sinodales. ¿Qué iba a suceder con los campamentos y los ministerios universitarios? ¿Qué iba a pasar con las congregaciones que eran pilares de comunidades y que ya estaban estresadas antes de la pandemia? Ofrecimos becas “El Pan Diario” —$500 por parte de la organización nacional/$500 por parte de la congregación local. Esperábamos que 50 congregaciones pudieran recaudar los fondos correspondientes. Hasta ahora se han otorgado 374 becas. Trabajando con los obispos sinodales lanzamos la Apelación COVID-19, la cual está diseñada para apoyar a los ministerios clave de los sínodos. Ustedes respondieron,  y en ocho meses han donado más de $1.7 millones. Estas becas han sido distribuidas entre los ministerios de 62 de nuestros 65 sínodos.

Ahora estamos en 2021. La pandemia sigue con nosotros. Sí, hay vacunas,  y la distribución de las mismas está siendo resuelta. Se vislumbra un fin. Pero no es momento de bajar la guardia. Seguiremos lavándonos las manos, usando máscaras y evitando las multitudes. Haremos esto por nosotros mismos y por los demás. Respetaremos la enfermedad y daremos gracias a Dios por el don de la ciencia; y seguiremos adorando, orando y sirviendo.

La pandemia también nos ha enseñado algo acerca de nosotros mismos. Aunque estamos físicamente distantes, estamos conectados. Pablo lo dijo de esta manera en una carta a los corintios: “Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y, si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él. Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo” (1 Corintios 12:26-27).

Tenemos el gozoso deber de cuidarnos los unos a los otros, en particular a los más vulnerables. El limitarnos para poner la pandemia bajo control es un acto de fidelidad. El restringir los viajes y usar una mascarilla es un acto de amor. Como lo señaló Martín Lutero en La libertad del cristiano, la libertad que tenemos en Cristo es lo que nos hace siervos de todos.

Existe un modelo de ese amor abnegado y autolimitante. “Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario,  se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Filipenses 2:4-8).

Ruego que todos vivamos en tal libertad.

Paz. Cuídense.

Liz

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