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Somos el cuerpo de Cristo

September 3, 2021

Hubo un tiempo en que dos pueblos distintos estaban tratando de comprender cómo podrían ser un solo pueblo. Uno de ellos era un pueblo milenario que había perseverado en la esclavitud, la opresión y el exilio, y aún conservaba su identidad y confianza en Dios. Este pueblo creía que Dios lo había bendecido para que fuera de bendición a toda la humanidad, aun cuando el resto de la humanidad reaccionaba violentamente contra él. Ellos creían que Dios había hecho un pacto eterno con ellos y les había dado una señal de esa promesa.

El otro pueblo era hostil, politeísta, constituía la mayoría, y desconfiaba del pueblo mencionado arriba. Rechazaba cualquier afirmación del otro grupo de que vivir una vida por obligaciones de un pacto podía ser buena. Esto no era solamente falta de comprensión, sino también antagonismo y desprecio.

Entonces, sucedió algo. Por medio de la cruz estos dos pueblos se convirtieron en un solo pueblo. Esta es la historia de la iglesia del siglo I. “Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba” (Efesios 2:13-14).

Creo que para los cristianos del siglo XXI es difícil comprender el cambio sísmico que había ocurrido. Los primeros cristianos eran judíos. No se veían a sí mismos aparte del pacto que Dios había hecho con el pueblo de Dios. La Torá no era una colección arbitraria de requisitos onerosos. Era la voz viva del Dios de Abraham, Isaac y Jacob en medio de ellos y a lo largo de sus vidas. La circuncisión de los varones era un signo de ese pacto, un signo instituido por Dios y comunicado al pueblo por Moisés. Jesús era circuncidado. Pablo era circuncidado. Los discípulos varones eran circuncidados.

Pero ¿qué hacer con los gentiles incircuncisos? ¿Cómo podrían ser considerados parte del pacto? Eran “los otros”, literalmente inaceptables. “Por lo tanto, recuerden ustedes los gentiles de nacimiento —los que son llamados ‘incircuncisos’ por aquellos que se llaman ‘de la circuncisión’, la que se hace en el cuerpo por mano humana—, recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:11-12).

Este fue un momento crítico para la iglesia primitiva. Pablo y otros habían sido testigos de la obra del Espíritu entre los gentiles, quienes no estaban circuncidados y, por lo tanto, no eran considerados herederos del pacto. La disputa entre los dos grupos fue acalorada. Llegó al núcleo mismo de lo que significaba ser parte de la iglesia. Pedro y Pablo no estaban de acuerdo. ¿Podrían reconciliarse estos entendimientos opuestos de la obra de Dios en la comunidad?

Esto fue llevado a los apóstoles y ancianos de Jerusalén. Ellos tomaron consejo de la Escritura, la tradición y el informe del derramamiento del Espíritu. Entonces enviaron esta decisión a los gentiles: “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles a ustedes ninguna carga aparte de los siguientes requisitos: abstenerse de lo que ha sido sacrificado a los ídolos, de sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual. Bien harán ustedes si evitan estas cosas” (Hechos 15:28-29). Ellos ya no eran “extraños ni extranjeros”, sino “conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19).

Ellos eran un solo cuerpo. Nosotros somos un solo cuerpo. Somos el cuerpo de Cristo. Somos miembros unos de otros y nos unimos por Cristo y en Cristo. Sí, tenemos un desacuerdo significativo sobre cuestiones muy importantes, pero nuestras diferencias culturales y políticas no pueden disolver este vínculo.

Podemos animarnos con el ejemplo de la iglesia primitiva. Si ellos, por el poder del Espíritu, pudieron dejar a un lado sus diferencias —que eran mucho mayores que cualquiera de las nuestras— entonces nosotros también, por el poder del Espíritu, podemos vivir en la unidad que ya existe en Cristo.

 

Un mensaje mensual de la obispa presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su dirección de correo electrónico es bishop@elca.org.

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