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La borrosidad de la ley y el evangelio

December 29, 2022

Martín Lutero dijo una vez: “sentí que había nacido de nuevo y que las puertas del paraíso me habían sido abiertas. Las Escrituras, todas, cobraron un nuevo sentido. Y a partir de entonces la frase ‘la justicia de Dios’ no me llenó de odio, sino que me tornó indeciblemente dulce, en virtud de un gran amor”.

Lutero había estado estudiando la Biblia —la epístola de Pablo a los romanos, para ser exactos— cuando finalmente llegó a comprender que el hacerse dignos a los ojos de un Dios justo no dependía de los seres humanos. Lutero lo había intentado —abandonó sus estudios de derecho, ingresó a un monasterio y cumplía tan rigorosamente, que su salud se deterioró. La palabra de Dios únicamente parecía traer condenación. Esto lo atormentaba.

Pero en un instante, todo eso cambió. Del odio al amor. Aquí estaba el evangelio, las buenas nuevas. Recibimos perdón de los pecados y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por medio de Cristo, a través de la fe. ¡Gracias sean dadas a Dios!

Esto es un tesoro, y es el trabajo único y apropiado de la iglesia predicar el evangelio puramente y administrar los sacramentos conforme al evangelio. “Se enseña también que habrá de existir y permanecer para siempre una santa Iglesia Cristiana, que es la asamblea de todos los creyentes, entre los cuales se predica genuinamente el evangelio y se administran los santos sacramentos de acuerdo con el evangelio” (La Confesión de Augsburgo, Artículo VII). La iglesia, de la cual formamos parte, es la única institución en la tierra encargada de esta tarea.

La Confesión de Augsburgo da una clara explicación del evangelio: “Además, se enseña que no podemos lograr el perdón y la justicia de Dios por nuestro mérito, obra y satisfacción, sino que obtenemos el perdón del pecado y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe (La Confesión de Augsburgo, Artículo IV).


Recibimos perdón de los pecados y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por medio de Cristo, a través de la fe. ¡Gracias sean dadas a Dios!


Me preocupa que la comprensión luterana de que la palabra es tanto ley como evangelio, y que hay una distinción entre la ley y el evangelio, se esté volviendo borrosa. Algunos definen el evangelio como justicia social —alimentar a los hambrientos, apoyar a los pobres y marginados, equidad racial, justicia para los migrantes, respeto a la dignidad de todas las personas. Todos estos son ministerios de vital importancia en los que esta iglesia debe estar comprometida. Pero no son el evangelio. Más bien, estas obras de justicia y misericordia fluyen de la liberación que trae el evangelio.

En noviembre de 1520, Martín Lutero escribió su tratado La libertad del cristiano. En este deja clara la distinción entre la ley y el evangelio y entre la obra de Dios y nuestra obra. El evangelio, el don de la gracia de Dios, nos ha hecho libres. Lutero lo explica de esta manera: “Señor Jesús, tú eres mi justicia, así como yo soy tu pecado. Has asumido lo que es mío y me has dado lo que es tuyo” (Obras de Lutero, 48:12-13). Nadie ni nada puede quitarnos esto. No estando ya aplastados por el peso de la autojustificación, sino siendo gloriosamente libres al estar atados a la justicia de Cristo, somos libres para servir al prójimo.

Lutero escribió: “No haré nada en esta vida, excepto aquello que creo que es necesario, provechoso y saludable para mi prójimo, ya que, por medio de la fe, en Cristo tengo abundancia de todas las cosas buenas” (La libertad del cristiano).

Los luteranos han sido acusados de quietismo en el pasado. Y siento que la borrosidad actual de la ley y el evangelio es motivada por un deseo ferviente de seguir el mandato de Jesús de cuidar al “más pequeño”. (Mateo 25:1-46). Pero no somos quietistas. Nuestra fe nos obliga a ser activos en la plaza pública.

Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10). No traemos vida ni salvación. Eso es obra de Dios, y ya se ha logrado a través de la muerte y resurrección de Jesús. Es debido a esta vida, esta gracia, esta libertad que nosotros, las criaturas humanas, nos atrevemos a apoyar a los marginados y excluidos.

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