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¿Qué planea Dios?

January 30, 2019

¿Qué debemos hacer? Cada vez más hay menos gente en nuestras congregaciones, y las personas que quedan han ido envejeciendo. Por lo menos 40 por ciento de nuestras congregaciones registra una asistencia semanal promedio a los cultos de 50 personas o menos. La membresía de la ELCA pierde unas 70,000 personas por año, lo que aproximadamente equivale a la pérdida de un sínodo por año. Hay más clérigos que se retiran o jubilan que nuevos candidatos al ministerio. Las presiones económicas y el mantenimiento de los edificios causan tensión. En las bancas de nuestras iglesias se ven muy pocas personas entre las edades de 20 a 30 años. ¿Cómo cambiamos esta realidad? ¿Cómo invertimos estas tendencias?

Estas son preguntas llenas de ansiedad que están haciendo personas ansiosas a lo largo de esta iglesia. Pero nosotros no somos lo únicos haciendo estas preguntas —casi todas las denominaciones principales, incluyendo la población católica no latina, están en la misma situación. Incluso algunas mega-iglesias muestran señales de estancamiento o declive, y esto no es exclusivo de la comunidad cristiana. Una vez asistí a una conferencia nacional de musulmanes en la que uno de los talleres se titulaba, “De no mesquita, a mesquita: Cómo hacer que los musulmanes jóvenes regresen a la masjid”.

Algunos ahora ven el declive de la iglesia en general, y de la ELCA en particular, como algo inevitable. La respuesta al problema podría ser convertir nuestras iglesias en refugios subterraneos manteniendo a las congregaciones refugiadas entre sus paredes, o probar cada nuevo programa que entusiasmadamente promete atraer a las personas a nuestras congregaciones. Ninguna de estas dos constituye una estrategia fiel o efectiva a largo plazo.

Pienso que estamos haciendo las preguntas equivocadas.

Las preguntas que estamos haciendo tienen que ver con nosotros: “¿Qué podemos hacer?” Expresan pérdida y dolor y miedo— pérdida y dolor por lo que éramos, y miedo a lo que llegaremos a ser. Estas preguntas no solamente no nos conducen a respuestas productivas, sino que tampoco nos muestran la esperanza. Es como si el único fundamento de la iglesia yaciera en nosotros y en nuestros esfuerzos.

Pienso que debemos preguntar: “¿Qué planea Dios?”

Me resulta claro que estamos viviendo un tiempo de transición, especialmente para la iglesia occidental. No sé cuánto tiempo va a durar esta transición ni tengo una visión clara de lo que la iglesia va a ser en el futuro.


Pienso que estamos haciendo las preguntas equivocadas. … Pienso que debemos preguntar: “¿Qué planea Dios?”


La buena noticia es que usted y yo no necesitamos tener una visión clara porque Dios sí la tiene. “Olviden las cosas de antaño; ya no vivan en el pasado. ¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?” (Isaías 43:18-19). Estas palabras de esperanza les fueron expresadas a los judíos atrapados en el exilio. Habían perdido su tierra, su templo y su rey— los pilares de su identidad. De la misma manera, la iglesia ha perdido su relevancia y estatus social en la cultura norteamericana del Siglo XXI.

Para Israel y la iglesia ésta sería una situación desesperada, excepto que Dios es fiel. Cuando el Señor amonestó: “Olviden las cosas de antaño; ya no vivan en el pasado”, no se trataba de un mandato a olvidar la pasada obra salvadora de Dios, sino a creer que Dios está actuando aún. Esto es cierto para nosotros hoy. Cuando dejamos de preguntar lo que podemos hacer para arreglar la iglesia y comenzamos a preguntar qué es lo que Dios planea, nos abrimos a la promesa vivificadora del futuro de Dios.

Entonces también nos abrimos a más preguntas: ¿Cómo está el Espíritu remoldeando la iglesia? ¿Cómo nos usará Cristo en el mundo como el cuerpo viviente de Cristo?

Si queremos atraer a la gente a nuestras congregaciones para reconstruir un recuerdo, Dios no bendecirá nuestros esfuerzos. Pero si nosotros— agarrados por el Espíritu en el bautismo, cambiados por la palabra, íntima y amorosamente conectados a Jesús y los unos a los otros en la comunión, y liberados por gracia para servir al prójimo— invitamos a las personas a la vida verdadera, entonces seremos parte de la respuesta.

Esto implica atención y devoción. Adoración, oración, estudio de la Escritura, generosidad y servicio— no con el fin de salvar la iglesia, sino en respuesta a la nueva vida que Dios nos ha dado en Cristo.

Y una cosa más: en la inscrutable sabiduría de Dios, Dios ha escogido manos y voces humanas para hablar y dar la bienvenida. Adoptemos la misión del Sínodo Metropolitano de Washington, D.C., para que más personas conozcan más acerca de Jesús.

 

Mensaje mensual de la obispa presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su correo electrónico: bishop@elca.org.

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