No siempre son las fotos las que nos llenan de recuerdos. A veces es una canción, una palabra o frase, o incluso un olor. En mi caso, el olor a barbacoa. Una sola olfateada, y en un instante me transporto de vuelta a los veranos de mi juventud, cuando se hacían barbacoas en el parque de enfrente, con escenas de compañerismo, reuniones familiares y encuentros en la iglesia. Ese olor tiene una manera de quedarse. Se impregna en la ropa, en la piel. Aun después de que el fuego se ha extinguido, se sigue sintiendo el olor. El fuego hace eso a menudo. Nos marca, permanece con nosotros más tiempo de lo que esperábamos.
Recuerdo la historia de una matriarca que era conocida simplemente como Tía. Ella se consideraba una experta de la parrilla. Un día, la familia se reunió en su casa para unas vacaciones de verano. Como siempre sucedía, llegaron más invitados y más comida cuando Tía ya se había ido a descansar. Un miembro de la familia pensó que él podría ayudar. Levantó la tapa de la parrilla y notó que no había nada cocinándose y que los carbones estaban apagados. Entró a la casa, preparó la carne y regresó con carbón, líquido para encender y fósforos. Y así, de repente, apareció Tía.
“¿Qué está pasando?” preguntó ella.
Él explicó la situación y su deseo de ayudar.
Tía no dijo nada más. Levantó las manos, bajó el rostro hacia la parrilla y sopló sobre las brasas. ¡Puf!, las brasas volvieron a brillar.
Ella dijo: “Todavía tiene fuego.”
Acabamos de pasar por la temporada de Pascua, y hace poco celebramos Pentecostés. Yo no veo Pentecostés como un día santo sutil, pero uno tan importante como la Navidad y la Pascua. El Espíritu no llega en una noche silenciosa ni exclamando “Aleluya”. En vez de eso, leemos que el Espíritu llega como un viento recio, y que reparte lenguas de fuego que se posan sobre los discípulos. Es un día en que todo cambia.
La buena noticia es esta: el Espíritu no está equivocado. Esta iglesia todavía tiene fuego. Los líderes laicos todavía tienen fuego. Los ministros listados todavía tienen fuego. Las congregaciones todavía tienen fuego. Los sínodos todavía tienen fuego. Y la organización nacional todavía tiene fuego.
Pentecostés no es un espectáculo; es una transformación. Es cuando los discípulos, tanto hombres como mujeres, se convierten en testigos valientes, cuando nace la iglesia —no como una institución, sino como un movimiento. El Espíritu envía a estas personas a un nuevo llamado fundamentado en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.
Me imagino que dondequiera que los discípulos viajaran después de ese día, los recuerdos volvían cada vez que sentían un viento fuerte o se reunían con personas alrededor de un gran fuego. Lo sentían cada vez que tenían miedo o incertidumbre. Y, así como en aquel día cuando el Espíritu llegó por primera vez, recordaban que Dios les había infundido una nueva vida, renovando constantemente su llamado y guiándolos a actuar con valentía. Ellos vivieron el llamado de Jesús. Alimentaron a los hambrientos, alojaron a quienes necesitaban un lugar para dormir, vistieron a los pobres, llevando paz donde esta parecía imposible.
Ese llamado no ha disminuido aunque se sienta más difícil de oír, especialmente a medida que palabras como “poscristiano” ganan popularidad, implicando que podemos mantener los valores de Cristo sin el propio Jesús. La iglesia donde el Espíritu sopló nueva vida es reemplazada por un movimiento que descarta la empatía como debilidad, donde los desacuerdos se endurecen y se convierten en amenazas y la paz se siente como algo ingenuo.
A veces, incluso en esta iglesia, podemos sentir que las brasas se han enfriado. Pero el llamado de Jesús a los discípulos es el mismo llamado que tiene para nosotros hoy: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). Jesús nos está diciendo que cuidemos del mundo. Vivamos en una relación correcta con Dios y con los demás. No mediante espadas o bombas, no mediante órdenes e imposiciones, sino mediante el amor y la compasión.
Cuando retrocedo varios versículos en ese mismo capítulo, veo las Bienaventuranzas; la invitación de Dios a la gracia y al amor. Bienaventurados los pobres en espíritu. Bienaventurados los mansos. Bienaventurados los misericordiosos. Bienaventurados los pacificadores. Leo estas palabras y casi puedo ver al Espíritu inclinándose sobre la parrilla, soplando en lo que pensábamos que había terminado, y diciendo: “Todavía tiene fuego”.
Y la buena noticia es esta: el Espíritu no está equivocado. Esta iglesia todavía tiene fuego. Los líderes laicos todavía tienen fuego. Los ministros listados todavía tienen fuego. Las congregaciones todavía tienen fuego. Los sínodos todavía tienen fuego. Y la organización nacional todavía tiene fuego.
Sí, vamos a cometer errores, y yo cometeré errores, pero todavía tenemos ese fuego ardiendo dentro de nosotros para ser los pacificadores en un mundo desesperado por la paz.
La pregunta no es si existe el fuego. La pregunta es si estamos dispuestos a atenderlo.