A menudo escucho la siguiente frase cuando visito congregaciones o participo en reuniones: “Somos una iglesia de Pascua”. Me gusta esa idea y el razonamiento que la respalda. ¿Quién no querría vivir en la resurrección? Somos un pueblo que acoge el regreso del “¡Aleluya!” con voces apasionadas, celebrando la renovada esperanza de que la muerte no tiene la última palabra. Esa buena noticia es la alegría de la Pascua que todo el mundo necesita escuchar y que nos conduce a través de nuestras luchas y penas.
Pero ¿qué tal si no nos sentimos como una iglesia de Pascua? En este momento podría parecer que muchos de nosotros nos estamos preguntando si no somos más bien una iglesia de Cuaresma que se ha quedado esperando y anhelando una renovación, queriendo saber cuándo será que Dios nos va a mover, añorando aquellos tiempos en que sentíamos que Dios estaba con nosotros.
La mayoría de nosotros sabemos lo que es querer adelantarnos hacia la celebración. Queremos la resolución sin el recorrido, la meta sin el trabajo, el “Aleluya” sin el silencio que conlleva el Sábado Santo. Pero no se desenvuelve así nuestra vida, y ciertamente tampoco fue así la jornada de Jesús en la tierra.
El camino hacia la tumba vacía no comenzó en la cruz del Viernes Santo, sino décadas antes en un pesebre. Jesús nació con un propósito: revelar el amor de Dios, demostrar gracia, y llamarnos a una vida de justicia, misericordia y compasión. Fue una jornada larga, un ministerio que se extendió por los montes de Judea, mucho más allá de su lugar de nacimiento en Belén y su hogar en Nazaret. Y a lo largo del camino nos mostró lo que significa ser hijos de Dios.
Somos una iglesia dispuesta a servir en esos momentos intermedios en los que no sabemos lo que traerá el mañana, que lleva a cabo la obra sagrada que Jesús modeló mucho antes de que la piedra fuese removida.
Durante este tiempo Jesús se encontró con la mujer en el pozo y le ofreció agua viva, cuando lo que ella esperaba era ser juzgada. Relató la historia de un samaritano como modelo de misericordia. Alimentó a los hambrientos, acogió a los oprimidos, sanó a los que tenían el corazón quebrantado y llamó a sus seguidores a vivir en una gracia y un amor que no abandonan. Desafió sistemas que oprimían y cuestionó normas que no servían a Dios. Este ministerio no era para simplemente traer personas a su rebaño, sino una invitación a vivir una vida más radical y amorosa.
Solamente después de todo esto —el trabajo y la sabiduría de su ministerio, el conflicto entre sus seguidores y con aquellos que se sintieron amenazados por sus enseñanzas— llegamos al capítulo final de la vida terrenal de Jesús. Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo y, finalmente, Domingo de Pascua, donde la tumba vacía entreteje todo el ministerio de Jesucristo en una misión que continúa para todos nosotros.
Por eso pregunto si no somos solo una iglesia de Pascua sino también una iglesia de Cuaresma. Somos una iglesia dispuesta a servir en esos momentos intermedios en los que no sabemos lo que traerá el mañana, que lleva a cabo la obra sagrada que Jesús modeló mucho antes de que la piedra fuese removida. Somos una iglesia que confía en un Dios que sigue levantando olas, incluso cuando esperamos ansiosamente que se cante ese primer “Aleluya”.
Los ministerios que llevamos a cabo en nuestras congregaciones, nuestras comunidades y en todos los lugares a los que vamos a servir en nombre de Dios no son interrupciones de nuestra Pascua, sino preparaciones para la resurrección que ya se agita dentro de nosotros. Así que sigamos caminando juntos este camino de espera, confiando en el Dios que siempre está ahí, y sirviendo con la confianza de que la esperanza se vislumbra en el horizonte. Y cuando amanezca la Pascua nuevamente y empecemos a cantar “Aleluya,” que surja no solo del triunfo de la resurrección, sino también de haber vivido el evangelio en nuestras temporadas de espera.
Un mensaje del Obispo Presidente de la ELCA, Yehiel Curry. Su dirección de correo electrónico es bishop@elca.org.