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Aférrese a las palabras de Jesús
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Aférrese a las palabras de Jesús

—¡Aguanta! —gritaron los niños mientras corrían en busca de ayuda. Dos pares de hermanos jugaban a lanzar piedras junto al río. Aunque sus padres les habían dicho que se mantuvieran cerca de la orilla, los niños se habían acercado sigilosamente al arroyo, saltando de una roca a otra en busca del mejor ángulo para hacer que sus piedras rebotaran sobre el agua.

Al poco tiempo uno de los niños cayó en el agua. Su cuerpo quedó atrapado en algo dentro del agua, y la corriente del río le impedía pararse o liberarse. Dos de los niños corrieron a pedir ayuda mientras la hermana mayor se quedó con él. Tenía las manos en el agua, agarrando a su hermanito lo más fuerte que podía.

Poco después, una caravana de padres, vecinos y rescatistas avanzaba saltando de roca en roca para llegar hasta el niño. “¡Aguanta!”, gritaban mientras se acercaban. Finalmente, lograron alcanzar a la hermana y liberar al pequeño de la fuerza de la corriente.

¿Alguna vez has visto a alguien negarse a soltar algo? No por terquedad, sino porque sabe lo que está en juego.

Al entrar en la temporada de la Reforma, pienso en los pasajes de Juan 7 y 8. En medio de un ambiente tenso durante la celebración de una fiesta, Jesús enseña en el templo. En un momento, declara: “—Si se mantienen fieles a mis palabras, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:31b-32, NVI).

Cuando hablamos de la Reforma, a menudo nos concentramos en los cambios que tuvieron lugar en la iglesia hace más de quinientos años. Recordamos las 95 tesis de Martín Lutero y los debates sobre lo que significa vivir fielmente, que diferían de lo que siempre hemos conocido.

Sin embargo, como Iglesia Evangélica Luterana en América (ELCA), entendemos que reformar quiere decir que el Espíritu continúa obrando en nosotros, renovando las enseñanzas de la iglesia, sus estructuras y nuestra vida para que la gracia de Dios siga proclamándose en cada época.

La libertad que proclama la Biblia no es la libertad de dominar a los demás, sino la libertad de amar al prójimo, defender la justicia, exigir responsabilidad a quienes ejercen el poder, proteger a las personas vulnerables y procurar el bien común.

Martín Lutero no abandonó la iglesia, sino que se aferró a las palabras de Jesús. Se aferró con fuerza al Evangelio de Juan: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). En lugar de aferrarse a la certeza, también encontró fundamento en las palabras de Efesios, que nos recuerdan que somos salvos por gracia, mediante la fe (Efesios 2:8-9). Cuando la iglesia se resistió a sus esfuerzos por impulsar cambios, Lutero se aferró a las palabras de Jesús y las mantuvo como una parte central de nuestra tradición de fe.

Aferrarnos a las palabras de Jesús moldea nuestra manera de vivir en público. Cuando hacemos de las Escrituras nuestro fundamento, aprendemos a discernir con cuidado los movimientos que invocan el nombre de Jesús para ejercer poder y control, en lugar de reflejar el amor de un Salvador que vino con humildad. La libertad que proclama la Biblia no es la libertad de dominar a los demás, sino la libertad de amar al prójimo, defender la justicia, exigir responsabilidad a quienes ejercen el poder, proteger a las personas vulnerables y procurar el bien común.

Volvamos por un momento al niño que cayó al río. Mientras se recuperaba en el hospital después de que los adultos lo rescataran, una enfermera observó que pasaba los dedos por las profundas marcas que tenía en el vientre.

—Esas marcas son bastante grandes —le dijo—. Cuesta imaginar lo grandes que debían de ser las rocas bajo el agua para causarte semejantes heridas.

El niño negó con la cabeza y dijo: —No me las hicieron las rocas. Me las hizo mi hermana. Son las marcas que quedaron cuando ella me sujetó para que no me llevara la corriente.

Quizás esa sea precisamente nuestra vocación en cada época: aferrarnos al evangelio cuando la corriente se vuelve fuerte; sujetar a quienes están luchando por mantenerse a flote; y sostener a quienes el mundo parece estar dispuesto a soltar. Quizás estamos llamados a dejar marcas, no de control ni de dominio, sino de gracia, misericordia y amor. Porque esto es lo que Cristo ha hecho por nosotros.

¿Qué marcas estamos dejando en la iglesia?

 


Un mensaje del obispo presidente de la ELCA. Su dirección de correo electrónico es bishop@elca.org.